El timbre ensordecedor, molesto e
irritante anuncia el cierre de las
puertas del metro. Entonces sin aviso ni presentación alguna, la música a todo
volumen inicia, pasando de una canción a otra cada cinco segundos. Música que
nace en las espaldas de una serie de personajes que portan abultadas mochilas
llenas de bocinas que ahogan el silencio dentro de los vagones, sus bolsas de
plástico negras llenas de mercancía, dispuestos a compartirla por una moneda de
10 pesos. Estos prácticos comerciantes suben a los vagones en cada una de las
estaciones del metro, tratando de vender
algún artículo, ya sea discos de música, libros de recetas para bajar de peso o
algún tipo de golosina. Pero más allá de los diversos artículos que se pueden
encontrar a lo largo de un día de viaje en el metro, existe el espectáculo que
no espera miradas ni aplausos, representado por músicos, indigentes,
discapacitados y aquellos faquires que guardan el recuerdo de la gloría del espectáculo
diario en cada una de sus cicatrices en su cuerpo. Espectáculo ambulante para
los siempre diferentes e indiferentes espectadores que yacen dentro de los
vagones. Drama fugas que no deja ser significativo, emblema de los rincones de
nuestras calles, de nuestro metro.

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